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Autor Tema: El Fraude del Cambio Climático  (Leído 884 veces)
rusoski
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« Respuesta #30 : 15 Noviembre 2019, 04:20:56 »

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JUEVES, 14 DE NOVIEMBRE DE 2019
Calentamiento: la ola de frío polar en Estados Unidos alcanza registros mínimos de temperaturas

Aún no ha llegado el invierno y dos tercios de los Estados Unidos, más de 200 millones de personas, se han visto sorprendidos por una ola de frío polar. Chicago y los Grandes Lagos se han visto cubiertos por una intensa nevada que ha obligado a suspender varios vuelos, después de que un avión se saliera de la pista de aterrizaje, sin mayores consecuencias.

Se espera que se batan récords de frío en un centenar de estaciones meteorológicas con temperaturas de unos -15º C, desde el sur de Canadá hasta Texas. La ola de frío podría significar temperaturas de hasta 30 grados por debajo del promedio, según el meteorólogo de CNN Taylor Ward.

El récord nacional ha sido de -26º C, en Cotton, Michigan, pero se han batido récords en todo el país. Los 19º F de Washington son -7,2º C, los 9 de Indianapolis, -12º C. Pittsburgh también ha batido su récord.

Al menos cinco personas han muerto en accidentes de tráfico relacionados con el hielo, según CBS News.

La ciudad de Chicago ha abierto centros para acoger a las 86.000 personas sin hogar que pueblan sus calles.

Los expertos comparan esta ola de frío con la de 1911 que congeló el país desde el este de las Montañas Rocosas y que terminó abruptamente marcando records de temperaturas cálidas. Estas dos olas de frío comparte prácticamente el mismo patrón.

Los Grandes Lagos, que han comenzado a congelarse tendrán más nieve a partir del viernes.

Debido a la ola de frío y a las temperaturas excepcionalmente altas que se viven en Siberia se da la circunstancia de que estos días los estados de Illinois o Wisconsin -y la mayor parte de Estados Unidos- tienen las mismas temperaturas que el Océano Ártico en Siberia oriental.

El mes pasado ya fue excepcionalmente frío al este de las Montañas Rocosas y en enero fallecieron 12 personas murieron a causa de otra ola de frío polar.

Naturalmente, los seudocientíficos han saltado a la palestra para atribuir el enfriamiento al calentamiento. Su “ciencia” es así: si suben las temperaturas es por culpa del calentamiento y si bajan también.

El mes que viene la cumbre de Madrid contra el calentamiento promete convertirse en uno de esos esperpentos a los que nos tienen tan acostumbrados.


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rusoski
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« Respuesta #31 : 15 Noviembre 2019, 21:50:22 »

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VIERNES, 15 DE NOVIEMBRE DE 2019
Se cumplen 10 años del descubrimiento de uno de los fraudes científicos sobre el calentamiento

Michael Mann: un farsante al descubierto
El domingo se celebra un cumpleaños redondo de esos que no podemos dejar pasar, porque si aquí no hablamos de ello nadie más lo va a hacer: es el 10 aniversario del descubrimiento de la falsificación de los datos climáticos por parte de la Universidad de East Anglia de Inglaterra, el santuario de la histeria seudocientífica sobre el calentamiento.

Un pirata informático penetró en los ordenadores de la universidad británica, se apoderó de miles de correos electrónicos intercambiados entre los farsantes y los publicó. Los falsificadores tienen nombres y apellidos, sobre todo el de Michael Mann, pero también Phil Jones, David Parker, Tim Osborn y Tom Wigley.

La Universidad reconoció la intrusión informática y que las pubicaciones se correspondían con los mensajes intercambiados por Mann y sus mariachis. Como es natural tuvo que abrir una “investigación”, tras la cual no sancionó a los farsantes como era su obligación, despidiéndolos de sus cargos, por una razón obvia: porque estaban muy protegidos por los imperialistas, por la ONU/IPCC y por el gobierno británico, o lo que es lo mismo, porque las cuestiones climáticas no son sólo científicas (o seudocientíficas) sino políticas.

Es el meollo de la cuestión. El IPCC no es un organismo científico, como algunos creen y hacen creer, sino político y por eso se llama así: “intergubernamental”. Fue creado en 1988 por los únicos países del mundo que podían crear algo así, Estados Unidos y Gran Bretaña, aprovechando la bancarrota de la URSS y el apogeo de la reacción mundial, capitaneada por Reagan y Thatcher.

Lo mismo que la Inquisición hace 400 años, el IPCC tiene por objeto imponer un canon y para ello empezó por imponer a la Universidad de East Anglia como guía de dicho canon, por encima de cualquier otra universidad o centro de investigación. Así nació dentro de dicha Universidad la cueva de los ladrones, denominada CRU (“Unidad de Investigación Climática”).

Por lo tanto, el descubrimiento de que la unidad climática de East Anglia estaba falsificando sus conclusiones también dejó al decubierto al IPCC.

En sus mensajes los seudocientíficos admiten que su afán no es la verdad sino imponer un canon, para lo cual no dudan en manipular datos, destruir pruebas y acallar a los esceṕticos, por las buenas o por las malas si es necesario.

El alcance de las manipulaciones de los universitarios es difícilmente imaginable porque, al convertir a una parte en el todo, en canon científico, la propagación de las conclusiones es mucho mayor. Es una gangrena que, poco a poco, lo va pudriendo todo. Las falsedades de unos científicos de cabecera las asumen los que van por detrás, con tanto mayor ahínco en cuanto que su capacidad crítica se reduce hasta el cero más absoluto.

De los fraudes participan todas esas revistas “prestigiosas” que los publican y difunden a los cuatro vientos por lo mismo de siempre: por falta de capacidad crítica y, sobre todo, autocrítica. Los artículos firmados por Mann y sus mariachis hubieran debido ser denostados públicamente por las propias revistas que los publicaron, pero no ha ocurrido así por los motivos políticos que ya hemos expuesto.

En la ciencia moderna hay determinados científicos que son intocables por su estrecha asociación al Estado monopolista. Sus amos les han otorgado poder tanto como inmunidad. Sus  corruptelas son expresión de las corruptelas políticas, y no sólo se pudren ellos sino que pudren las universidades en las que trabajan y las revistas científicas en las que escriben.

No se crean que en sus correos internos los universitarios hablan de ciencia: de lo que hablan es de dinero. En uno de ellos el director del CRU informa de que ha recaudado 13,7 millones de libras desde 1990.

En otro alguien se queja de la publicación de un artículo que puede arruinar sus esfuerzos para sacarle la pasta a la multinacional alemana Siemens.

Otro mensaje reconoce que están negociando con la multinacional petrolera Esso...
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« Respuesta #32 : 17 Noviembre 2019, 21:58:01 »

Fidel Castro.
 Junio 1992, Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Río de Janeiro)

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rusoski
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« Respuesta #33 : 18 Noviembre 2019, 04:34:58 »

camarada fidel, cuanto se te extraña ...!
pero aún sigues iluminando con tu deslumbrante claridad
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rusoski
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« Respuesta #34 : 28 Noviembre 2019, 20:07:41 »

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MIÉRCOLES, 27 DE NOVIEMBRE DE 2019
Los niveles de CO2 atmosférico nunca han sido tan reducidos en la historia de la Tierra como ahora

La crisis climática es como las olimpiadas: siempre se baten los registros anteriores. Cada día la temperatura sube un poco; cada día hay más CO2 en la atmósfera; cada día el nivel de los mares sube... Nunca baja nada.

Un reciente artículo de Kaos en la Red sigue el tópico: “Nuevo récord mundial de emisiones de CO2”, titula (1). Es más falso que una moneda de tres euros. Lo que el artículo quiere decir (y no alcanza) es que la concentración de CO2 en la atmósfera es máxima, según las mediciones de la Organización Metereológica Mundial.

Sin embargo, ocurre al revés: los niveles de CO2 atmosférico nunca han sido tan bajos en la historia de la Tierra como ahora. En el Precámbrico la tasa de CO2 fue de varias decenas de miles de ppm y en el Fanerozoico (hace 541 millones de años) fue entre 15 y 25 veces mayor que en la actualidad.

Desde que se aisló del aire a finales del siglo XVIII, los científicos han realizado mediciones directas de la concentración atmosférica de CO2 que se preocuparon de documentar. Como todas las mediciones, unas son mejores que otras, pero ponen de manifiesto que en 1825, 1857 y 1942 se produjeron niveles de CO2 del mismo orden que los actuales. Pero sobre todo ponen de manifesto que dichos niveles son oscilantes, suben y bajan periódicamente, no de manera lineal como nos quieren hacer creer.

En mayo El Confiencial decía otra falsedad parecida a la de Kaos en la Red, que es casi lo mismo pero no es igual: “La Tierra ha alcanzado hoy niveles de CO2 nunca vistos en varios millones de años”, otro titular estremecedor al que seguía una entradilla no menos sugestiva: “Es la primera vez en la historia del ser humano que la atmósfera de nuestro planeta ha registrado más de 415 partes por millón de dióxido de carbono” (2).

Ahora bien, si en mayo había 415 ppm y ahora hay, según Kaos en la Red, 407,8 ppm, entonces la concentración de CO2 parece que se ha reducido en estos seis meses...

Tampoco es así. El Confidencial toma los datos del observatorio de Hawai mientras que Kaos en la Red lo que da es un promedio que elabora la Organización Meteorológica Mundial, que no es tan mundial como parece porque procede de las informaciones de 53 países. Del resto de países del mundo no sabemos nada, por lo que los datos hay que cogerlos con pinzas, ya que ni siquiera sabemos su distribución geográfica.

Los datos cuantitativos que leemos continuamente en los medios sobre el CO2 son un insulto a la inteligencia. Es el caso de los periodistas de información científica que han creado una página en gallego pero no saben de ciencia y por eso redactan titulares como “Os humanos xeran 100 veces máis CO2 que todos os volcáns da Terra” (3). Los humanos no pueden generar esa cantidad de CO2 en absoluto.

A día de hoy no se sabe la cantidad de CO2 que las actividades humanas envían a la atmósfera porque no se miden sino que se estiman, es decir, se calculan de una manera más o menos aproximada, a “ojo de buen cubero” y, naturalmente cada país tiene las suyas (si es que las tienen). Los lectores tendrían una mejor información si leyeran periódicos como La Tribune que en 2011 les decía lo siguiente: hay “mil maneras” diferentes de medir las emisiones de CO2 (4).

Para informar hay que insistir, como ya hemos dicho aquí, que la concentración de CO2 en la atmósfera cambia de un lugar a otro, con las estaciones del año y con el hemisferio. En una vivienda, la concentración de CO2 cambia en muy pocas horas. Haga Usted mismo la prueba y lo verá.

Cada país proporciona a la secretaría de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático (CMNUCC) un inventario de sus emisiones, que debería cumplir con las recomendaciones del IPCC.

Pero tampoco es así porque cada país mide sus emisiones (si las mide) como le da la gana y dichas normas han cambiado con el tiempo, tanto porque así lo pide el IPCC como porque cada gobierno las modifica.

En España el cálculo se hace con los criterios del Ministerio de Transición Ecológica que se pueden consultar en internet y no son mas que una “guía” orientativa que desde el principio advierte lo siguiente: “A continuación se presentan las normas y metodologías de mayor reconocimiento internacional, aunque debemos resaltar que existen muchas otras, como queda patente en los informes de la Comisión Europea, donde se analizan las metodologías existentes a nivel internacional y europeo” (5).

Si el lector se toma la molestia de leer, se dará cuenta de que -por ejemplo- el Ministerio incluye las emisiones de CO2 de los vehículos eléctricos, que son cero porque lo hacen de manera “indirecta”, lo cual da lugar una “doble contabilidad”, como reconoce el propio documento: se contabilliza tanto la producción como el consumo.

Como deja claro el Ministerio, ningún país mide sus emisiones de CO2: sólo se trata de estimaciones, promedios y cábalas. Por ejemplo, para calcular las emisiones de CO2 de un vehículo se multiplica el número total de ellos por el promedio de kilómetros que recorre al año y por un promedio de lo que emite cada uno de ellos por kilómetro.

Dejamos al criterio de cada cual calificar si algo así tiene algún contenido científico o se trata de otra cosa distinta. Las medidas de CO2 no dependen del CO2 sino de la manera en que se midan. Para fabricar un titular del telediario asegurando que las emisiones de CO2 se han duplicado, no hay más que aplicar la “doble contabilidad” del Ministerio de Transición Ecológica. Acude uno al Boletín Oficial del Estado, quita un decreto y pone otro en su lugar.

La vara de medir es un asunto tan peliagudo que se ha convertido en un tema de investigación en sí mismo y cambia de la noche a la mañana. En mayo de este año el IPCC cambió sus recomendaciones. Más de 280 expertos participaron en una tarea que -por sí misma- modifica los cálculos anteriores y los futuros, que quedan obsoletos. Del mismo modo, si el año que viene el IPCC o el Ministerio de Transición Ecológica vuelven a cambiar la vara de medir, las cifras que hoy leemos en la prensa serán papel mojado.

Hasta aquí sólo hemos hablado de las emisiones, lo que deja fuera a la otra mitad del asunto del que pocas veces se habla: las absorciones de CO2 por la tierra, la biomasa o el océano. Se trata de una resta: a las emisiones hay que deducir los sumideros, lo que supone entrar en un segundo cálculo que, por lo que se ve, preocupa mucho menos. De ahí que Kaos en la Red se lance a la piscina diciendo que el CO2 permanece en la atmósfera “durante siglos”.

Ni siquiera el IPCC se atreve a tanto. Según el IPCC el CO2 permanece entre 50 y 200 años, un cálculo bastante grosero que indica que a día de hoy la ciencia no lo puede asegurar de manera mínimamente precisa. Según Tom V. Segalstad, a quien ya hemos citado aquí en otra entrada, el plazo es de dos a tres años (6). Según otros autores oscila entre los tres y los diez años.

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(5) Para ver el contenido hay que estar registrado. Registrar o Entrar
(6) Para ver el contenido hay que estar registrado. Registrar o Entrar. Vid. E.T.Sundquist, Geological perspectives on carbon dioxide and the carbon cycle, U.S. Geological Survey, Reston, Virginia, 1985.

Más información:
- ¿Realmente hay más CO2 en la atmósfera que nunca antes?
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rusoski
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« Respuesta #35 : 30 Noviembre 2019, 06:15:11 »

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Entre el neoliberalismo y el ecologismo: el capitalismo sigue rindiendo tributo a la Dama de Hierro

Thatcher, fundadora del ecologismo moderno
El ecologismo es una ideología que lo mistifica todo, incluyendo a sus propios patrocinadores, que creen defender principios progresistas o avanzados, aunque hayan salido de las entrañas mismas de los sectores más reccionarios del capital.

Tal y como lo conocemos ahora, el ecologismo y sus mitos seudocientíficos no se consiguieron imponer en el mundo hasta la creación del IPCC en 1988, punto culminante de la ola llamada “neoliberal” que surgió a comienzos de la década con Thatcher y Reagan.

Por grave que fuera la llamada “crisis climática”, ningún otro país del mundo hubiera logrado constituir dentro de la ONU un organismo como el IPCC sin el respaldo de Estados Unidos.

No obstante, los manuales suelen decir que el IPCC lo crearon la OMM (Organización Meteorológica Mundial) y el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), que simplemente se limitaron a levantar acta de un plan previamente aprobado en el G7, es decir, en el grupo selecto de las potencias imperialistas más fuertes a instancias de Reagan y Thatcher.

Dos meses antes de la constitución formal del IPCC, la Dama de Hierro pronunció un discurso ante la Royal Society en el que planteó las cuestiones cardinales que el IPCC debía llevar al mundo entero (*), que han sido luego seguidas al pie de la letra por la izquierda, la derecha y el centro con una unánimidad como pocas veces se ha visto a lo largo de la historia.

La Primera Ministro británica inisistió en sus mensajes seudoecologistas cada vez que tuvo oportunidad: en las conferencias de la ONU, en sus discursos políticos, en sus entrevistas... No sólo sacó adelante sus planes sino que promovió un nuevo lenguaje, que es el que hoy nos resulta tan familiar: desarrollo sostenible, aumento de las temperaturas, emisiones de CO2, desaparición de los glaciares, aumento del nivel de los mares... Los ecologistas hablan el “idioma thatcher” creado entonces casi de la nada.

En los ochenta el contexto político británico era muy evidente. Thatcher había aplastado la larga huelga de los sindicatos mineros porque quería cerrar las minas, privatizar el suministro eléctrico y sustituir el carbón por centrales nucleares.

Entre 1984 y 1985 la batalla de los mineros costó 3 muertos, 20.000 heridos y 11.300 detenidos. Con el apoyo de los ecologistas, aquellos planes de Thatcher hoy han triunfado en Europa y llevan el nombre de “transición ecológica”, a cuyo efecto la mayor parte de los gobiernos tienen un ministerio encargado de esa tarea y no hay nadie que lo cuestione.

Estados Unidos entró en el IPCC como consecuencia del final de la Guerra Fría y de un fracaso histórico de la NASA: la explosión del transbordador espacial Challenger en 1986. La “carrera espacial” se había acabado y con ella el dinero. La NASA se vio obligada a reciclarse inventando todo tipo de fantasías extraterrestres, a cada cual más estúpida.

Uno de los planes para sobrevivir fue reconvertir los programas espaciales con el lanzamiento de satélites meteorológicos, para lo cual recurrieron a James Hansen, director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, la organización meteorológica de la NASA. Lo llevaron al Senado a que les metiera miedo a los que tenían que rascarse los bolsillos. Aprovechando unas elecciones, Hansen consiguió una audiencia en el Senado y cuando fracasó volvió a lograr otra más para hablar de calor, sequías, malas cosechas, desastres agrarios y alimentarios...

Como ocurre hoy con los demás científicos de renombre, el cargo de Hansen en la NASA no era el único que ostentaba, ya que también era miembro de Lehmann Brothers, el banco que 20 años después se haría famoso por su bancarrota.

Además del IPCC, al frente del gobierno de Londres la Dama de Hierro creó en 1990 las instituciones científicas que debían demostrar el calentamiento, en especial el Centro Hadley, que es un complemento esencial del IPCC equipado con la varita mágica de la climatología moderna, que ya no es un termómetro sino un superordenador.

Lo mismo que las demás instituciones seudocientíficas modernas, el Centro Hadley confunde a los lectores poco familiarizados con la burocracia moderna: no es una institución científica sino una oficina del gobierno de Londres.

Por más que insistan en lo contrario, el IPCC está cortado por el mismo patrón. No es una institución científica sino un organismo internacional que responde exactamente a su nombre: es “intergubernamental”, es decir, un organismo político. No es un grupo de expertos sino de expertos y no expertos. Lo que tienen en común es que han sido nombrados por sus gobiernos respectivos.

Uno de los ejemplos es su antiguo Presidente, el indio Rajendra Pachauri, quien tuvo que dimitir del cargo en 2015 por acoso sexual. Pachauri no era ningún experto sino un ingeniero ferrroviario, como admitió The Telegraph el 20 deciembre de 2009: “Aunque presentan a menudo al doctor Pachauri como científico y a pesar de que la BBC llegó a decir de él que era el mejor científico climático del mundo, como antiguo ingeniero ferroviario con un doctorado en economía, no tiene ninguna calificación en las ciencias del clima”.

Lo mismo que Hansen, Pachauri también estaba pluriempleado. Compatibilizaba su cargo con el de miembro del Consejo de Administración del Chicago Climate Exchange, es decir, de la bolsa donde se negocian los créditos del carbono. Naturalmente, se hizo multimillonario gracias a ello, a las ideologías climáticas.

Los miembros del IPCC, del Centro Hadley y de otras instituciones, como el B3C (Instituto Vasco de Cambio Climático), por ejemplo, no ocupan sus cargos por ningún tipo de ciencia, sino por determinadas decisiones políticas, que son las mismas que han conducido a la creación de dichos organismos. Si la teología no existiera, tampoco habría curas. Si no hubiera una doctrina del cambio climático, tampoco existirían ninguno de esos organismos internacionales, nacionales, autonómicos y municipales y, por lo tanto, sus miembros dejarían de cobrar los sueldos que cobran todos los meses y tendrían que dedicarse a otra cosa. Tienen que mantener vivo el mito seudoecológico que les da de comer, como los arcángeles dan de comer a los curas.

La descarbonización del mundo comenzó cuando Thatcher aplastó la huelga de los mineros del carbón y la pregunta sigue en el aire 35 años después: ¿está Usted con Thatcher o con los mineros?

Ayer mismo el Parlamento Europeo se posicionó al respecto, declarando que existe una “urgencia climática” y que es partidario de la energía nuclear porque no emite gases de efecto invernadero. Puro thatcherismo del siglo XXI.

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« Respuesta #36 : 02 Diciembre 2019, 02:15:34 »

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SÁBADO, 30 DE NOVIEMBRE DE 2019
El retroceso de los glaciares alpinos es sólo la mitad de su historia

Ladera del monte Tschierva, en los Alpes
Desde finales del siglo XVIII los científicos suizos fueron los primeros que se preocuparon por los glaciares porque en aquella época la industria turística les puso el dinero encima de la mesa para averiguar el porvenir del negocio. No sólo descubrieron que los glaciares alpinos retrocedían sino que lo mismo les ocurría a otros glaciares del planeta. En fin, descubrieron las glaciaciones que, como ya hemos dicho, es uno de los mayores descubrimientos en la historia de la ciencia.

En su retroceso los glaciares levantan la sábana de hielo y dejan ver la historia que hay debajo. Cuando los glaciares avanzan lo vuelven a tapar todo.

Christian Schlüchter, profesor de geología de la Universidad de Berna, se dedica a estudiar los restos que dejan al descubierto los glaciares suizos. Algunos de esos restos son leños y turba que se encuentran en los frontales de los glaciares y su fecha se puede datar.

Los restos orgánicos demuestran que en un determinado momento, hace miles años, en su avance el glaciar arrasó un bosque y lo dejó enterrado, es decir, que creció de tamaño y luego retrocedió. Hablar constantemente del retroceso de los glaciares es contar sólo la mitad de la historia.

“Hasta ahora todos estábamos convencidos de que los Alpes siempre habían estado cubiertos de hielo y de magníficos glaciares. Hoy sabemos que esa hermosa imagen es falsa: durante al menos la mitad de los últimos 10.000 años los glaciares suizos cubrieron menos superficie de lo que cubrían en 2005”, escribe Schlüchter.

Durante una determinada época los glaciares suizos crecieron y ahora están en retroceso porque el planeta y todo lo que hay en él, lo mismo que las personas, están en movimiento, en un interminable proceso de cambio, de desarrollo y de extinción, tanto si se trata de seres vivos como de materia inerte. Para que el planeta y lo que hay en él se muevan no es necesaria la intervención de la humanidad, ni de la industria, ni del capitalismo.

En la naturaleza la estabilidad no existe y los glaciares alpinos retroceden desde una época anterior al desarrollo industrial. Los dialécticos antiguos lo llamaban “motu propio”: los glaciares se mueven por sí mismos, por su propio impulso, por automovimiento.

Schlüchter empezó analizando sistemáticamente el glaciar Tschierva, en el cantón de los Grisons, y el glaciar Unteraar, en el de Berna, y luego amplió las conclusiones obtenidas a todos los glaciares alpinos, mostrando un escenario coherente de su historia desde el final de la última glaciación.

Según Schlüchter, en los últimos 10.000 años los glaciares han experimentado doce períodos de avance y retroceso, algunos de los cuales son más prolongados que otros, con duraciones que a veces se miden en siglos y otras en milenios.

Así algunos de los restos de árboles que han aparecido bajo los frontales de los glaciares podrían tener hasta 6.000 años de antigüedad. En un antiguo glaciar en el que ahora no vemos más que rocas, antes hubo hielo y antes un bosque. Lo que no hubo nunca fue esa estabilidad de la que ahora hablan tanto.

En determinadas épocas, el límite entre la zona de acumulación y la de ablación ha remontado más de 300 metros. Los glaciares cambian y, en determinadas, épocas cambiaron mucho más rápidamente que en la actualidad. Sin embargo, no todos cambian al mismo tiempo, ni al mismo ritmo. Mientras los periodos de enfriamiento son lentos, dice Schlüchter, los de calentamiento son mucho más rápidos.

Por más que los seudocientíficos digan otra cosa, las causas del avance y el retroceso de los glaciares no se conocen más que de forma muy imprecisa. Ciertamente la temperatura es una de ellas, pero también lo son las precipitaciones, la humedad y los vientos dominantes.

En opinión de Schlüchter, la temperatura es la causa principal del retroceso de los glaciares y en ciertos momentos de la historia la temperatura ha sido entre 1 y 1,5 grados centígrados más alta que en la actualidad.

En los últimos 10.000 años se han producido doce fases de retroceso de los glaciares alpinos, según Schlüchter. Hace unos 7.000 años, en ellos había mucho menos hielo que hoy y no es exagerado decir que muy probablemente el hielo había desaparecido por completo.

Los períodos de menos hielo en los Alpes coinciden con épocas de intensa actividad solar, según mediciones del berilio 10 que se forma durante dichos períodos. El análisis de la madera fósil permite determinar los patrones de precipitación en el momento del crecimiento de los árboles, lo que también proporciona información sobre el clima del pasado.

Durante el Imperio Romano los glaciares también se redujeron drásticamente. Hace 2.000 años apenas había nieve en las cumbres más altas de la cordillera y por eso Aníbal pudo cruzar los Alpes con sus elefantes para atacar a las legiones. Según Schlüchter entonces las temperaturas eran aproximadamente un grado más cálientes que las actuales.

Si en el Imperio Romano hubiera habido seudoecologistas, estarían mucho más asustados que hoy.

Más información:
- Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
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« Respuesta #37 : 05 Diciembre 2019, 05:51:33 »

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MIÉRCOLES, 4 DE DICIEMBRE DE 2019
La política del clima en Estados Unidos: republicanos, demócratas y manipulación del Senado

Hansen y su padrino Wirth ante el Senado
En otras entradas ya hemos hablado de James Hansen, un investigador estadounidense al que podemos tomar como modelo de los derroteros que está siguiendo la ciencia en la época moderna. Los lectores que no estén suficientemente avisados quedarán impresionados al saber que Hansen es director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, un laboratorio de la NASA. Seguramente les impresionará mucho menos saber que también se sentaba en los consejos de administración de varios grandes bancos, como Salomon Brothers o Lehmann Brothers, antes de la quiebra.

Son las dos caras de la misma moneda. Su faceta científica nos abruma; la de banquero nos repugna, pero nos debemos quedar con ambas para entender lo que está ocurriendo: cuando hablamos de clima no hablamos sólo de ciencia, ni de científicos, sino de otras cosas que nadie se preocupa de poner encima de la mesa, e incluso que se tratan de ocultar. Sin embargo, para conocer la luna hay que visitar sus dos caras: la que vemos y la que no vemos.

El Instituto Goddard de Estudios Espaciales, donde Hansen trabajó desde 1967, es una dependencia de la NASA, otra institución que, además de ciencia, fabrica toda clase de leyendas. Al principio se especializó en la atmósfera de Venus y luego en la de la Tierra. En 1995 le nombraron para ocupar un sillón en la Academia de Ciencias de Estados Unidos y en 2006 la revista Time dijo que era una de las 100 personas más influyentes que había en el mundo.

En 1987 publicó su primera reconstrucción de la temperatura media mundial (1), que abarcaba casi un siglo, de 1880 a 1985 dándole la vuelta a la tortilla por completo: el planeta no se enfriaba sino todo lo contrario. Sea cierto o no, la historia de la ciencia demuestra que, normalmente, un vuelco científico de esas dimensiones tarda décadas en imponerse. En el caso de Hansen se puede decir que tardó minutos y eso necesita una explicación, sobre todo para sacar de su estupor a los científicos.

Para imponer un vuelco de esas dimensiones entre los científicos no basta sólo con artículos científicos; hace falta política y al año siguiente de publicar el suyo, Hansen estaba delante del Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado de Estados Unidos exponiéndoles a los parlamentarios el Gran Dogma de la Posmodernidad que hoy es ampliamente conocido.

En 1988 había elecciones. Reagan tenía que dejar la Casa Blanca en manos de Bush y fue un senador demócrata, Timothy E. Wirth, quien llevó a Hansen de la mano a un sitio al que ni él ni su ciencia podían llegar por sí mismos. En 1990 Wirth fue el artífice de la aprobación de la Ley de Aire Limpio y algunos años después el monopolista Ted Turner le financió la creación de dos tinglados, la Fundacion de las Naciones Unidas y el Fondo Better World. Wirth también dirigió la delegación de Estados Unidos que impuso al mundo el famoso Protocolo de Kyoto para reducir la emisión de los gases llamados “de efecto invernadero”.

Aquel año electoral los senadores de Estados Unidos fueron los primeros en escuchar doctrinas que ahora nosotros escuchamos cada día: las emisiones de gases de efecto invernadero, en particular de CO2, enviadas a la atmósfera durante décadas por la industria, conducen a una elevación significativa de las temperaturas. “No se trata de una amenaza vaga, incierta y lejana”, dijo Hansen, “sino de una realidad cuyas consecuencias comprobaremos en la próxima década”.

Aquella década pasó, lo mismo que han pasado otras dos más. Hansen les dijo a los senadores que esos años iban a ser los más calientes de los últimos 100.000 años, pero se produjo una paradoja: aquel invierno hizo un frío espeluznante en Estados Unidos. Una tormenta de nieve mató a 400 personas y a la prensa le preocupó más aquella evidencia que las predicciones de Hansen.


Gráfico de Hansen de la evolución de temperaturas
La elección de aquel escenario fue un error, pero los padrinos de Hansen no desafallecieron. Una audiencia así era mejor convocarla en verano. Le organizaron otra el 23 de junio de 1988 y para reforzar el mensaje, su padrino, el senador Wirth, paralizó el aire acondicionado del salón de sesiones, según reconoció 30 años después en una entrevista: “Lo que hicimos fue ir la noche anterior y abrir todas las ventanas. Lo admito, ¿verdad?, para que el aire acondicionado no funcionara dentro de la habitación y, cuando se celebró la audiencia, felizmente, en la sala no sólo había dos veces más cámaras de televisión, sino que hacía mucho calor [...] Así cuando Hansen prestó declaración, estaba la televisión y el aire acondicionado de la habitación no funcionaba. Lo que ocurrió ese día fue una conjunción perfecta de acontecimientos, con un magnífico Jim Hansen secándose la frente sentado en la mesa de los testigos y prestando una notable declaración” (2).

Los senadores asistieron agobianos y asfixiados y Hansen repitió su discurso anterior: el planeta empezaba a calentarse. Las olas de calor, como la que asolaba a Washington, serían más frecuentes y en 2020 se duplicarán, al igual que otros eventos climáticos extremos, afirmó.

Al terminar la audiencia, la prensa se dirigió a Wirth (y no a Hansen), quien manifestó algo muy característico del balance de las opiniones climáticas en aquel momento, mucho menos clara que la actual: las tesis de su invitado, admitió, se encontraban “en la frontera de la ciencia”. Aún no se hablaba tan claro como ahora.

El gráfico de la evolución de las temperaturas medias que Hansen presentó a los senadores mostraba más de un siglo de evolución, con uno de sus trucos típicos: a la serie histórica le añadió la media de los cinco meses del año en curso, lo que suponía un impactante efecto visual en el que las temperaturas se disparaban hacia arriba.

Esta vez la cobertura de los medios de comunicación fue espectacular porque iba acompañada de otra cadena de truculencias que ahora ya son carcterísticas: aquel verano iba a ser el más caluroso de Estados Unidos y matará entre 5.000 y 10.000 personas, mientras que la sequía iba a causar casi 40.000 millones de dólares en pérdidas.

Al año siguiente se repitió la comedia, aunque esta vez de la mano de otro personaje demócrata que entonces no era famoso, Al Gore, que se encargó del interrogatorio. En un momento dado del esperpento, una de las respuestas de Hansen sorprendió al joven senador demócrata, quien se puso un poco agresivo: “¿Por qué contradice su testimonio escrito?” El científico responde: “Porque no he escrito el último párrafo de esta sección. Se ‘añadió’ a mi declaración”.

Décadas después Hansen explicó lo ocurrido. Antes de comparecer ante el Senado tuvo que presentar su declaración por escrito a los jefes de la NASA que, a petición de la Oficina de Gestión y Presupuesto (una sucursal de la Casa Blanca dentro de la NASA), corrigió numerosos apartados. Luego Hansen tuvo que pasar el segundo filtro antes de ir al Senado: tuvo que enviar a Al Gore por fax los pasajes que habían sido modificados y sobre los cuales quería que le preguntara.

Como ya hemos explicado en otra entrada, quien comparecía ante el Senado no era un climatólogo, sino la NASA, que quería aportar a los senadores un proyecto político surgido en la Casa Blanca, disumulada tras un apariencia científica, aséptica.

El destino fue cruel para Hansen y lo será aún más en el futuro. Hoy sus exposiciones seudocientíficas nos resultarían de lo más normales, pero hace treinta años sonaban muy apocalípticas y, además, los demócratas que le llevaban de la mano perdieron las elecciones. Ganó Bush y los republicanos empezaron a cargar la munición de sus armas, poniendo a Hensen y a la NASA contra las cuerdas en los debates políticos.

Por un momento pareció que las nuevas tesis iban a quedar sepultadas. “Hansen contra el mundo sobre los peligros del efecto invernadero”, tituló la revista Science en 1989 para saltar al ruedo (3), poniendo de manifiesto que en aquel momento las nuevas tesis seguían siendo minoritarias y que la batalla era sustancialmente política por la propia manera en que han montado tinglado: las batallas políticas se llevan al terreno científico porque las decisiones políticas hay que vestirlas con una apariencia científica. De esa manera muchos científicos han caido en la trampa que les han tendido y otros se sienten muy a gusto y recompensados por ello.

En 2007 el propio Hansen reconoció que sus colegas se habían tomado su hipótesis con “reticencia” (4) y en 2013 volvió a la carga para tratar de “dejar las cosas claras” (5). Muchos años después de su intervención en el Senado las cosas seguían sin estar claras y él se ofrecían para aclarárnoslas.

Es evidente que, por más que pretendan aparentar unanimidad dentro de la “comunidad científica”, se arrastran más de 30 años de aclaraciones.

(1) J. Hansen, I. Fung, A. Lacis, D. Rind, S. Lebedeff, R. Ruedy, G. Russell, and P. Stone, Global climate changes as forecast by Goddard Institute for Space Studies three-dimensional model, Journal of Geophysical Research, vol. 93, pg. 9341, Para ver el contenido hay que estar registrado. Registrar o Entrar.
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« Respuesta #38 : 06 Diciembre 2019, 04:59:48 »

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JUEVES, 5 DE DICIEMBRE DE 2019
Nunca llueve a gusto de todos

Temperaturas de los últimos 10.000 años
En la oficina unos quieren subir el termostato, mientras que a otros el calor les agobia. En vacaciones la mayoría va a los sitios donde hace calor y, cuando no había ecologistas, el “buen tiempo” era sinónimo de calor. A las épocas históricas de fuerte calor los geólogos las llaman “óptimos”.

El clima es parte de la mística. Si quieres que haga “buen tiempo” debes rezar y lo mismo para que llueva. Incluso puedes acudir al párroco más cercano para que convoque una procesión. A finales del siglo XVI y principios del XVII en Alemania quemaron a cientos de “brujas” por culpa de las heladas que destruyeron las viñas.

Hasta hace muy poco tiempo también había almanaques, a medio camino entre la astronomía (astrología), la agricultura y la climatología. Las primeras revistas meteorológicas aparecieron en el siglo XVI y, a comienzos del XIX, el gran Lamarck fue uno de los impulsores de las estaciones meteorológicas.

Las encuestas sobre la calidad de los vinos -basadas en el clima de las estaciones del año- se remontan al siglo XIV, por lo menos. El vino y la fecha de la cosecha siempre fueron uno de los mejores termómetros disponibles. Ahora los llamarían “proxys”. Una cosecha de vino temprana significa que la primavera y el verano fueron calurosos y las cosechas tardías indican lo contrario.

La primera serie termométrica completa de los doce meses del año se remonta a la Inglaterra de 1659.

Los glaciares también sirven de proxys. La mitad del retroceso o avance de un glaciar se debe a la temperatura del verano y la otra mitad a las nevadas del invierno. Si un glaciar retrocede a lo largo de varias décadas significa que las temperaturas han aumentado y las nevadas han menguado.

De cualquier modo que se mida, el clima ha sido y es cambiante.

La Edad del Bronce (entre 1500 y 1000 ane.) fue un período de “óptimo climático”, o sea, de calor. Los glaciares de los Alpes retrocedieron.

Luego, en la Edad de Hierro (entre 1000 y 400 ane.), la temperatura refrescó.

En tiempos de los romanos (200 ane. y 200 dne.) se produjo un segundo “óptimo”, es decir, una época de calor parecida a la actual que no causó ningún desastre sino todo lo contrario: la agricultura se desarrolló con inviernos suaves y veranos secos.

Alrededor del 500, la época visigótica, las temperaturas enfriaron, llegando a una pequeña glaciación.

Entre 900 y 1300 dominó el llamado “óptimo climático medieval” en el que los vikingos colonizaron Groenlandia, donde apenas había hielo. La humanidad taló muchos bosques y roturó nuevas tierras vírgenes gracias a un importante rendimiento agrícola que, a su vez, no dio lugar a ninguna extincion sino todo lo contrario: a un importante crecimiento demográfico.

En el siglo XIV sobrevino una pequeña edad de hielo que terminó alrededor de 1860. Los glaciares alpinos se expandieron, alcanzando un kilómetro más de longitud que los actuales.

Aquel descenso de temperaturas resultó peliagudo para Europa. Como consecencia de varios veranos consecutivos de sequía, de 1314 a 1316 se produjo una gran hambruna.

El hambre condujo a la proliferación de enfermedades de esas que llaman “contagiosas”. Fue la época de la “peste negra” que acabó con una tercera parte de la población europea.

En 1340 la peste bubónica se convirtió en pulmonar como consecuencia del frío y las fuertes lluvias estivales.

Los casi cinco siglos de la pequeña edad de hielo no significa que no hubiera períodos de calor, más o menos cortos, ni tampoco que desaparecieran las enfermedades, sobre todo por la contaminación de las aguas. Las víctimas fueron, sobre todo, niños pequeños que murieron de cólera.

En 1556 hubo un verano muy caluroso que provocó importantes incendios forestales y escasez de alimentos.

A partir de 1570 los glaciares alpinos comenzaron a avanzar con fuerza. A finales del siglo XVI, en Chamonix, el Mar de Hielo destruyó en su avance varias localidades situadas hasta entonces a más de un kilómetro del frente helado.

Los glaciares alpinos alcanzaron su máxima extensión a mediados del siglo XVII. En 1644 el obispo de Ginebra encabezó una procesión para que la virgen hiciera retroceder a los tres glaciares circundantes porque amenazaban varias localidades.

En 1653 los jesuitas volvieron a Suiza para organizar procesiones y plegarias que frenaran el avance de los glaciares.

En 1636, se registró un aumento muy significativo del número de muertes en Francia. La situación, sin embargo, fue excelente y el verano radiante, lo que dio lugar a suculentas y tempranas cosechas. Pero el nivel de los ríos y de las aguas subterráneas había descendido demasiado, lo que provocó la contaminación del agua y muchos casos de disentería.

El invierno de 1708-1709 fue uno de los más fríos de Europa desde 1500. Destruyó la cosecha de trigo, causando más de medio millón de muertos al año siguiente.

En 1815 la erupción del volcán Tambora en Indonesia arrojó un velo de polvo muy fino a la atmósfera. La radiación solar disminuyó y las cosechas se redujeron en Europa. Al año siguiente no hubo verano y las temperaturas cayeron casi medio grado en el Viejo Continente.

Entre los años 1850 y 1860 acabó la pequeña edad de hielo y los glaciares alpinos comenzaron a retroceder.

El cambio climático no es ninguna anomalía. Lo realmente extraño sería que el clima no cambiara.
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« Respuesta #39 : 07 Diciembre 2019, 05:25:06 »

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Otro gran mito del batiburrillo seudoecologista: la acidificación de las aguas oceánicas

“La acidificación de los océanos puede acabar con la vida marina este siglo”, aseguraba un titular de la agencia Efe (1), basándose en un estudio en el que participaron investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats y de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), publicado por Science en 2012.

El titular es falso de arriba abajo y se aprovecha de que quienes lo han escrito no vivirán 80 años años más para que alguien les eche en cara sus bobadas.

Un océano no es un acuario, ni una piscina. Tampoco es agua con sal. Es una sopa con muy distintos ingredientes químicos, muy distintas temperaturas, muy distintas corrientes, muy distintas profundidades y muy complejos procesos químicos, tanto internos como externos.

La acidificación alude a una única característica del agua marina que se mide por el pH, por lo que volvemos a la carga con las mediciones y los promedios porque el pH no es uniforme: depende del lugar en el que se hagan las mediciones, de la temperatura en dicho lugar, de la profundidad y de otras variables.

Las mediciones siempre dan lugar a comparaciones y en este caso Andrew Hudson, jefe del Programa del Agua y los Océanos del PNUD, asegura que “en los cerca de 150 años transcurridos desde la Revolución Industrial, el pH promedio en la superficie de los océanos ha descendido alrededor de 0.1 unidad. Este cambio aparentemente insignificante representa un aumento del 30 por ciento en la acidez de los océanos en comparación con la época preindustrial”.

Naturalmente, el “factotum” es el mismo de siempre: la acumulación del CO2 en la atmósfera, con la que interactúa el agua del mar. A mayor CO2 en la atmósfera, más ácida se vuelve el agua.

Los que tienen un acuario o una piscina en su chalet lo suelen hacer: comprar un aparato de medida de la acidez (o alcalinidad) del agua por internet, que no son muy caros, de manera que se pueden poner a medir el pH marino en la costa más cercana a su chalet y comprobar si lo que dice Hudson es cierto: que la superficie de los océanos tiene una gama básica de pH que va de 8.0 a 8.3.

Si lo mide de manera regular verá que el pH cambia de un mes para otro y que las mayores variaciones (de 0,5 a 1,0) se dan en las costas en muy pocos días. Si pudiera viajar en un valero para probarlo en diferentes mares, contrastará la diferencia entre la costa y el interior y verá mediciones muy diversas, algunas de ellas por encima de las de “la época preindustrial”.

A partir de entonces se estrujará la cabeza: si las mediciones actuales son tan diferentes, ¿cómo serán las de “la época preindustrial”?

Como es habitual, dicha medida es indirecta, o lo que es lo mismo, aproximada, aunque el IPCC nunca ofrece el margen de error, posiblemente porque quiere dar a entender que no equivoca ni un poquito.

El pH marino cambia mucho con la temperatura del agua, así que el aficionado a la ecología deberá viajar en su velero en diferentes épocas del año para realizar sus comprobaciones. En un mismo lugar el pH cambia 0,16 de una estación del año a otra.

El concepto de pH se inventó en 1909 y los primeros aparatos capaces medirlo se fabricaron en 1924. Ahora bien, a diferencia de las temperaturas ambientales, no hay registros históricos de la evolución del pH a lo largo del tiempo.

Así que no es posible calcular el promedio del pH del agua marina, ni en la actualidad, ni mucho menos en el pasado. Las series de datos que se han realizado hasta hoy sólo se refieren a lugares muy concretos del mar, que quizá se puedan extrapolar al conjunto, aunque lo más probable es lo contrario.

El pH disminuye con la profundidad. A 100 metros el nivel es ya de 7,8, por lo que la supuesta acidificación del océano no afecta a los que vivan a partir de ciertas profundidades y, en consecuencia, asegurar que “la acidificación de los océanos puede acabar con la vida marina” es una auténtica aberración.

La biomasa marina influye sobre los niveles de CO2 y, en consecuencia, modifica el pH del agua. El biotopo interacciona con los organismos que viven en el medio marino. Los unos se adaptan a los otros, de manera que tampoco aquí hay ninguna clase de estabilidad. Cualquier otra concepción, como la de los seudoecologistas, niega las leyes más básicas de la evolución.

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